23/11/09

Acercanza






















(Claude Rochet)



Sueño
algunas noches
que mis dedos son largos
y mis manos tan fuertes
que no lloran nunca
nunca en sueños
mis manos.

Y para no morir
en lontananza
teniéndonos tan cerca
-ya fueron los días de silencio-
mis pequeños dedos
en mis manos frágiles de aire
ahora, ahora y mañana, te viven.
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19/11/09

Of Time and the City. Voces en un pañuelo.

Lo primero que recordé fue ese pañuelo blanco que viajaba, solitario, por una calle silenciosa del Berlín que retrató Walter Ruttmann. Recordé cómo esa imagen se grabó en mis ojos durante mucho tiempo, cómo, si alguien me miraba, veía en mis ojos un pañuelo blanco viajando por una calle silenciosa de Berlín. Por todas sus calles. Porque lo que yo imaginé entonces fue que ese pañuelo blanco recorría, con su casi imperceptible vuelo, toda la ciudad. El pañuelo fue para mí el hilo conductor imaginario que, aunque no estaba siempre, estaba. Para mí sí. Yo podía verlo. Yo quería verlo. Y no dejó de estar en la pantalla, me guió y descubrí gracias a él los rostros, las piedras y la música de una ciudad en una película que, sin embargo, era muda. Pero no lo era en absoluto. En Of Time and the City el pañuelo blanco es una voz en off que es muchas voces juntas: la voz del director, la voz de los poetas, la voz de las madres, la voz de los niños cantando canciones infantiles, la voz de los ancianos, la voz de los pobres, la voz de quien deja de creer en Dios, las voces, todas, que conformaron, conforman y conformarán una ciudad: Liverpool. O también una ciudad en esencia, la que cada uno desee habitar. Desde hace unos días, si alguien me mira a los ojos escucha todas esas voces y luego siente que añora algo que no sabe lo que es. Yo tampoco sé explicarlo. Siente, a lo mejor, ganas de cambiar el mundo. O siente un deseo vivo de ponerle un nombre a cada rostro anónimo. Y empieza, pero no acaba, porque son muchos y no se puede. Siente puertas y ventanas y quiere abrirlas todas para que el mundo interior salga a la calle y la calle se meta en casa. Siente que así se contruye una ciudad. Con todos. Y cada uno con su ladrillo. Con todos, todos. Hasta con los que no tienen ese ladrillo y ni siquiera un poco de arcilla para darle forma. En Of Time and the City la voz son también todas las imágenes, que hablan por sí solas, que te llevan, te empujan, se abre el telón y te arrastran, te invitan a caminar y no lo rechazas, caminas por esas imágenes que son un lugar y caminando te das cuenta de que también estás andando sobre un tiempo, o sobre muchos, sobre todos los antes que tú. Y a lo mejor es esto lo que se añora: lo que no vivimos pero sí vivimos -como sois ahora, fuimos nosotros, se cita a Joyce-, la búsqueda incesante de un principio que nos ayude a comprender el nuestro propio, que nos permita descubrir cómo y por qué, pese a todo, la vida continúa, las ciudades siguen creciendo y sus calles, si se sabe mirar con atención, siguen llenas de pañuelos silenciosos que, sin embargo, tienen mucho que contar.





(Of Time and the City, Terence Davies)

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14/11/09

Las pepitas de la sandía


(Joaquín Sorolla)

Y le dijo a su Manuelito que dejara de comer sandía, que ya estaba bien, que a este paso se la iba a acabar toda y entonces qué iban a darle de postre al capataz cuando llegara, y que hiciera el favor de no limpiarse la boca con la manga como hacen los cochinos, que eso ella no se lo había enseñado, pero que tampoco dejara de limpiársela porque si no se le iba a llenar la comisura de granos y quedaban la mar de feos, ahora sobre todo que venía el capataz. Pero Manuelito no le hizo ni caso y se acabó toda la sandía. Salió de la cocina sin hacer mucho ruido y se fue hasta la plaza a reunirse con los otros de su calaña, con los que no tienen arreglo, con los demás sinvergüenzas. Manuelito era de los que, como se suele decir, no obedecían ni a la tres. Ni a la de veinte. No había quien le pusiera firme, ni tampoco qué, porque ni a bofetadas ni a escobazos escarmentaba ese chiquillo, y su madre Valentina ya no sabía cómo hacer para enderezar a ese hijo suyo que tan por el camino de la amargura le llevaba siempre. Aquel día era muy importante, el que más de hacía muchos. Por encima de los santos, los cumpleaños y los días de fiestas de guardar. El capataz, que por así decirlo era el único que a su familia le daba de comer, no a cambio de nada, por supuesto, que muchas horas echaba el marido en los arrozales y Valentina fregando los suelos de una de sus tres casas, iba a hacerles una visita. Viene a sentarse a mesa a puesta, protestaba el marido. Viene a ver cuánto de más nos hemos hecho pobres respecto al año pasado. Vendrá con sus mejores galas y nosotros estaremos así, con estos zarrios que ni siquiera tú eres capaz de remendar más veces. Valentina hacía oídos sordos. A fin de cuentas, todos los años pasaba igual. A ella, para qué iba a negarlo, le gustaba ese día porque era de los pocos que en su casa no se comía sopa de ajos, con el mal regustillo que le dejaban siempre en la boca. Otra cosa era al día siguiente, cuando se ponían a hacer números. Pero hasta que no llegaba, Valentina no reparaba en los gastos y asumía su papel de la mejor de las anfitrionas. Manuelito ni renegaba como el padre ni se moría de la ilusión como su madre. Sencillamente, le daba igual. Nadie se explicaba a quién había salido. La única motivación que tenía el chico era la de hacer gamberradas. Eso le excitaba, así se lo pasaba bien. Llevar la contraria era su fuerte. Que le decían no lo hagas, él lo hacía. Que le decían hazlo de una vez, él se cruzaba de brazos. Lo peor de todo era que a su madre le estaba destrozando los nervios, porque por cada manotazo que ella le arreaba, luego tenía unos remordimientos que dolían más que cualquier buen cachete. Manuelito, que de bien niño se aprendió los engaños de la mirada, sabía cómo poner la suya para que pareciera que no había roto un plato en su vida. La buena de Valentina se lo llegaba a creer, se le partía el alma, y no había penitencia alguna que saldara su cuenta por tener la mano tan suelta. Y así no avanzamos, Valen, así cómo se nos va a hacer un muchacho, si tú te ablandas. Este crío es peor que un mal. En algo nos equivocamos cuando lo fabricamos, le decía siempre su marido. Y con la excusa, la cogía por banda, por si colaba y se ponían allí mismo a fabricar otro.
La trastada de aquel día ya estaba hecha: les había dejado sin postre. Pero Valentina, que estaba tan atareada en poner a punto la casa, de aquí para allá, parecía que volaba de una habitación a otra, acabó por olvidarse del asunto de la sandía. Cualquier otro detalle no se le escapó: nada que faltara en el guiso, ni una taca en la mantelería, las cortinas muy corridas para que entrara mucha luz. Ya está todo, se dijo justo cuando su marido entraba por la puerta acompañado del capataz. Segundos después, entró también Manuelito.
-Muy señor nuestro, espero que tanto la comida que he preparado para usted como su estancia en esta humilde casa sean de su agrado -dijo Valentina, casi sin atreverse a mirarle a los ojos.
-Ya sabe usted de nuestro empeño en este gran día, porque es siempre un honor recibirle, señor, y tenerle entre nosotros -dijo el marido mordiéndose la lengua para no decir verdades en vez de mentiras.
-Para mí también es un honor, señor. Pronto también yo podré servirle de ayuda en los arrozales. Nada más me gustaría -dijo Manuelito, con un ojo hacia el señor y el otro puesto en los labios de su madre para leerle las palabras que tenía que decir.
-¿Y bien? -abrió por fin su gran boca el invitado-. Habrá que empezar a comer. Sería una lástima que el guiso se enfriara.
No se dijo más. La comida transcurrió en riguroso silencio. Diríase que no se escuchó ni el ruido de las cucharas chocando en los platos y sólo, de vez en cuando, el zumbido de algún moscardón que entraba y salía por una de las ventanas. Y sólo entonces, también, el capataz cambiaba su rostro impasible por una expresión de asco. Luego, todo volvía a la normalidad.
-Si me disculpa, señor, iré hasta la fresquera para sacar la sandía que he comprado para el postre.
Impasible igualmente, el señor le dio su aprobación.
-¡Manuelito, la sandía! -gritó entonces su madre desde el alacena.
El padre dio un golpetazo sobre la mesa con sus dos puños. El capataz, en cambio, siguió como si nada. Manuelito, visto lo visto, se echó a reír. Por fin, había llegado su gran momento. Una vez más, parecía que se había salido con la suya y ¡era tan grande su satisfacción! Sin embargo, este no va más del niño, Valentina no lo iba a pasar por alto, esta vez no, se dijo, ¡hasta ahí podía llegar!, y salió hecha una furia, una loca, escoba en mano.
-¡Ahora la cagas, Manuelito! ¿Me estás oyendo lo que te digo? -fue lo que le dijo dándole el primer escobazo- ¡Te he dicho que ahora cagas la sandía porque como que me llamo Valentina Martínez que tú esa sandía nos la devuelves! ¡Con lo que nos ha costado! -y le dio el segundo escobazo- Señor nuestro, discúlpele, discúlpenos... Este hijo mío... verá usted... -y, momentáneamente, pasó del enfado a la vergüenza, aunque nada le duró tal sentimiento y enseguida volvió a sus trece- ¡Levántate, Manuelito! ¡He dicho que te levantes! -y le bajó los pantalones y le dio el tercer escobazo, éste directo en la piel- ¡Y ahora te agachas, ahí, donde te puesto el plato! Y ahora, ¿me oyes?, ¡ahora ya puedes sacarte de dentro, una por una, cada pepita de las que te has tragado, que de ahí no te mueves hasta que yo no las vea, hasta que tú no las plantes!
Y aunque pasó mucho rato, al final, Manuelito consiguió, no sin sudores, lo que su madre le había pedido. Una vez finalizado el espectáculo, el capataz se levantó y, por primera vez en toda la visita, dibujó en su rostro una sonrisa socarrona. Se despidió sin palabras. Y cuando desapareció, los tres, madre, padre e hijo, por primera vez en sus vidas, se echaron juntos a llorar.
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11/11/09

Brad Mehldau: música en los ojos


(Santiago Ríos)

Las dejó libres, dejó las teclas libres cuando todavía temblaban de música viva y reciente, y, durante unos segundos, tecleó sobre sus muslos, como si sus muslos fueran el piano y el piano, sus muslos, temblando todavía. Como el niño que repasa la lección, sobre sus muslos. El niño que va pensando por dentro en las notas, y en el tiempo, y se va diciendo que es sol do mi sol, mientras el silencio, desde afuera, escucha y lo corrobora. Muy bien, niño. Así es, Brad, muy bien, le dijo. Ahora ya puedes tocarlo en el piano que es piano y tus muslos. Y sus manos, obedientes, se escondieron otra vez, dentro, muy dentro del piano, para buscar la música que antes había sido en sus piernas. Y mucho, también, en sus ojos. Porque el piano se toca con todo el cuerpo, así lo hace Brad Mehldau. Se toca hasta con el ombligo. Pero Brad Mehldau, sobre todo, lo hace con los ojos. Él sale a escena, parece tímido, y tiene los ojos abiertos. Sonríe, tan tímidamente. Saluda, tan tímidamente. Y te mira, y tú le miras a los ojos y la descubres, la música que lleva en ellos y está a punto de tocar, de improvisar, de mecernos a todos. Entonces se sienta y el tiempo se detiene, todos los ojos expectantes hacia él, silenciosos, y cuando te quieres dar cuenta, el tiempo es otra vez en forma de compás indefinido, él ya ha hundido sus manos en el piano y sus ojos, ahora cerrados, vueltos hacia ti, guían de algún modo extraño la melodía. No se sabe cómo, pero se sabe, que está tocando con sus ojos, que son sus ojos los que escuchan y por eso saben, sin mirar, dónde y cuándo sus manos deben pulsar, acariciar o sencillamente resbalar sobre y muy dentro de las teclas. Su piano es un remolino, a veces calmo, otras, voraz, que acaba por engullirte y te permite llegar a lo más profundo de su mar de sonidos, que pesan y son livianos a la vez, como arena densa y como burbujas. Pero sus manos bucean siempre mucho más que tú, mucho más que su sonido, y por eso no las vemos, porque bucean hasta donde le llegan los ojos, sus párpados bajados, salvo cuando, a ratos, salen a flote para tomar aire en la superficie que son sus muslos. Respiran, repasan, recuerdan y retoman la inmersión. Todo lo que está escrito en su mirada. Y cuando se marcha, porque, dicen, el concierto ya ha acabado, y muchos, casi todos, salen de la sala, y sobre el escenario queda, solo, el piano, la luz cada vez más tenue, y piensan ya está, y se comenta qué bien, cuánto me ha gustado, y piensan también que ya no hay más música, que toda la que tenía en los ojos nos la ha regalado, entonces, si te quedas quieta y te pones a escuchar con los tuyos, bien abiertos, muy atenta, puedes oírlas todavía, las teclas, temblando de una libertad que no se conocía porque Mehldau, a lo mejor, nunca antes la había interpretado, y a lo mejor ahora ya sí, un poco para todos. Y es hermoso descubrir cómo, gracias a eso, tiemblas tú también por dentro, tu cuerpo entero como muchas otras teclas, libre, ¡libre por un momento!, sonando a tampoco se sabe muy bien qué, mientras, de vuelta a casa, las manos te desaparecen y te imaginas lo bonito que sería saber tocar el piano, por ejemplo, por ejemplo, con la nariz.



(Someone to watch over me, Brad Mehldau)

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08/11/09

La Tarara

Para T.



(Paul Gauguin)

Por si les esperaba en casa algún rapapolvo, en realidad porque sabían que siempre les esperaba alguno, por lo mal que has hecho hoy la cama, por la flor bordada sin esmero, por dejar la puerta abierta y permitir que dos gallinas se escaparan del corral, cuando salían de la escuela, Isabel, Begoña y Paquita, a todo correr, se iban un rato al descampado. Sabían que otro momento no tenían para hacer lo que a ellas más les gustaba, que era cantar. Isabel no lo hacía del todo mal, aunque Begoña le sacaba cierta ventaja porque un tío suyo era profesor de canto en la capital y, a veces, cuando volvía al pueblo, le enseñaba algunos pequeños trucos que siempre se guardaba en secreto. Aun con todo, a Isabel, cuando cantaba, se le notaba que su voz era la más bonita, aunque no supiera, aunque ni se lo planteara, cantar así o de la otra manera, incluso cuando en los más agudos siempre desafinaba. Begoña le tenía una poca envidia porque siendo como era ella la que más conocimiento tenía, no entendía que la otra, en el fondo, fuera la mejor. Paquita, en cambio, como sabía que para cantar ella no valía, ¡lástima era que le gustara tanto!, lo disfrutaba siempre mucho más que sus dos amigas. A ella no le importaba para nada que su voz, en más de una ocasión, hubiese desatado una tormenta. Ella, cantando, era feliz. Begoña también lo era, especialmente cuando a Isabel le dolía la garganta. Isabel, aunque nadie pudiese negarle que cantando se ponía más guapa por fuera y por dentro, más de una vez le ocurría que, al hacerlo, también se ponía melancólica. En los días de lluvia provocados por su amiga, solía imaginarse que estaba sobre un escenario y entonaba La Tarara, que era su canción preferida, con un acompañamiento de piano. Begoña siempre le decía que canciones como ésa en los teatros no se cantaban. Paquita le respondía que a ver por qué no. Pues porque no. Pues yo digo que sí. Y yo que no. Y yo que sí. Y de una se iban pasando a otra y, al final, acababan discutiendo siempre por la letra de la canción. No había manera de hacerlas coincidir. Isabel, sin embargo, nunca decía nada. Sencillamente se iba, allí, a su teatro, por detrás de la lluvia, sin moverse del sitio, mientras las otras dos se iban enzarzando en una batalla cuyo final únicamente llegaba cuando, a regañadientes, la una le reconocía a la otra, por ejemplo, que la Tarara tenía un vestido verde lleno de volantes y de cascabeles, o cuando la otra le reconocía a la una que la Tarara tenía unas pantorrillas que parecían palos de colgar morcillas. Y la Tarara sí, la Tarara no... No se sabía de otra canción que tuviera tanta enjundia. Todavía hoy nunca se ponen de acuerdo y en las cartas que se escriben siempre se guardan un párrafo para seguir inventándose la letra, que tan distinta es a la de los primeros años. Mientras la escriben, la cantan. Begoña lo hace mejor porque al final su tío se la llevó con él y acabó por educarle la voz. Paquita sigue haciéndolo mal, casi peor, y de vez en cuando le entran reparos porque se piensa que es verdad eso que le han dicho de que las cosechas este año se han echado a perder por su culpa. Canta, pero más bajito. Isabel hace ya un tiempo que se ha quedado sin voz y ahora, si lo hace, sólo puede cantar por dentro, para sí misma, desde su silencio. Todo el mundo dice que el gato que tiene le comió la lengua una noche mientras dormía. Las señoras del pueblo no dejan de llorar su desgracia. Llora hasta su madre, que nunca entendió el amor de su hija por las canciones. Paquita no llora porque no es de lágrima fácil, pero está claro que lo siente más que nadie, lo siente en su corazón. Llorar, llora hasta Begoña, desde la ciudad, que no sabe cómo va a hacérselas para que, la semana que viene, cuando dé ese recital y su tío le acompañe al piano con La Tarara, no le entren ganas de morirse de la vergüenza.







(Suite Iberia: Cuaderno I, El Corpus en Sevilla, Isaac Albéniz)

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04/11/09

Acercanza






















(José Emilio Moreno Romero)



Lo difícil
no es coger el arco
sin movimientos
dubitativos,
aunque también.
Ni darle el suficiente
impulso
para que quieras
que yo te escuche,
que por supuesto.
Lo difícil
tampoco
es poner mis dedos
donde debo
ni concentrarme
para que los hombros
no me suban,
la muñeca no se rompa,
los pulgares no se aplasten,
el cuerpo quieto,
que no me baile,
y los dedos, los otros,
no se agoten y aprieten
tus cuerdas tanto
que tu respuesta
sea un sonido.
Leer la partitura
o memorizarla, si toca,
tampoco es lo difícil.
El fa sostenido
si acaso lo parecía.
Los dedos
sobre dos cuerdas,
casi.
Parar sin parar
en un silencio,
más o menos.
Lo difícil
probablemente
tampoco sea
lo mucho que
todavía no sé.
La segunda posición
cuando venga,
las sucesivas.
Los vibratos.
Los glissandos.
Los armónicos.
Todo eso ya vendrá,
tan difícil como todo.
Pero no tanto,
ni por asomo,
como tenerte
entre mis brazos
e intentar decirte
de palabra.
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02/11/09

Obreras saliendo de la fábrica. Ruido y silencio

El silencio, por si no lo sabías, suena. Déjame que te lo explique. Si tú ahora me dices que me calle y lo hago, dejo de hablar y nadie más, ni tú ni nadie, habla, y nos quedamos con la boca así, bien cerrada, piensas: esto es el silencio. Pero escucha. Escucha con atención. Que ya sabes que si paso las uñas por una pizarra eso hace un ruido muy molesto. Y si se cae una cacerola al suelo desde lo alto también es mucho ruido. Y los pitidos de los coches. Y los berridos. Y muchas palabras, a veces, también. ¿Verdad? Pues olvídate de todo esto. Como si ahora ya no existiera. Como si ya hubiera pasado y sencillamente estuviéramos aquí, tú y yo, sentados uno al lado del otro, después del ruido, callados he dicho, o sea, en silencio, y escuchando nuestro alrededor. Suena. Incluso habla. El mundo no está mudo porque siempre está contando cosas.
-Entonces, el cine tampoco lo fue nunca -me dices.
-Los obreros de los Lumière, fíjate, resulta que ya escuchaban.
-El qué.
-La maquinaria de la fábrica.
-Eso es ruido.
-Y los árboles.
-Eso es silencio.
Pero no hablaban. A lo mejor, porque no les hacía falta. O hablaban de otra manera, a través del silencio que escuchaban. El ruido, en ocasiones, da la sensación de que aniquila a las palabras, las vuelve imposibles y, de haberlas, parecen hasta innecesarias. El silencio, en cambio, en su no decir, sigue diciendo demasiado.







(Obreras saliendo de la fábrica, José Luis Torres Leiva)

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30/10/09

Los nueve meses de abrigo


(Paul Gauguin)

Desde que vino al mundo, en el pueblo se corrió la voz de que Gelsomina había nacido de una vaca. De una vaca que, además, se acababa de morir. Había uno por ahí que decía que por eso en las últimas semanas llevaba negro hasta el sostén. Había otra que decía que paños menores Gelsomina no usaba, que ella las llevaba bien sueltas, las tetas, bien colgando como sus vacas. En realidad, había tantos que decían que Gelsomina, a veces, parecía más de una y no sólo la lechera, parecía que era varias, tantas como habladurías. Pero Gelsomina era sólo Gelsomina, fruto de un matrimonio pobre, pero bien avenido, entre Federico, el pastor, y Teresa la de los queseros, que bien se tuvieron siempre y nunca necesitó el primero de la difunta y hermosa Rosario, que en paz descanse, la mejor vaca. Y si Gelsomina levantó en el pueblo semejante revuelo no fue por el chisme de su nacimiento, pues aunque éste seguía circulando por las calles, algunos, de tantos años como ya tenía, empezaban a aburrirse cuando lo contaban. Lo que de verdad se convirtió en la comidilla de todos fue que, al parecer, la lechera se había quedado así como toda buena mujer que cumple junto a su marido con los propósitos del quinto sacramento, o así como cuando se engorda mucho y se está más guapa, e incluso así como cuando se tiene que empezar a comer por dos, y más aún, así como... ¿Pero me entiendes lo que te digo?, se preguntaban los unos a los otros, haciéndose cada vez más lío para intentar explicarse, ya que decir embarazada, como suena, les resultaba, precisamente, y a saber por qué, muy pero que muy embarazoso. Nada tardaron en el pueblo en organizar corrillos en la puerta de la iglesia, o en la calle principal, y hasta en la casa de las panaderas, para darle vueltas al asunto que a todos más les preocupaba: el padre quién demonios era. Porque, en realidad, que la pecadora de Gelsomina no pudiese ya casi caminar cuando por las mañanas llegaba hasta el pueblo para vender la leche fresca, a todo el mundo le traía sin cuidado, nadie le ofreció jamás ayuda alguna; pero que aquella tripa suya creciera y creciera cada día a unas velocidades que ni la de la mujer del carnicero cuando tuvo dentro a cinco al mismo tiempo, eso daba mucho de qué hablar. Que el padre era un toro, o que el padre eran varios, igual que ella que también era más de una, porque aquella descarriada había probado con tantos que, al final, como castigo, se había preñado de todos a la vez. Había también quien decía que se había quedado embarazada de otra mujer. Y será de la Sole, que ya sabéis que a ella..., se decían. O no, que de ella no es, porque si te fijas no puede ser de otra que no sea la Concepción. Y alarmados murmuraban ay, madre del muy señor nuestro, líbranos de tanto mal. Inmediatamente después, se santiguaban. La ocurrencia más dispar se llevaba siempre el premio, mientras Gelsomina, en el prado, ordeñaba a sus vacas ajena a tanto despropósito.
Cuando caía la noche, después de la cena, a la lechera le gustaba tumbarse en la mullida paja del establo, en un rincón sin techo desde donde podía verse un pedazo de cielo. Cansada de todo el día, Gelsomina se acariciaba la barriga, y ella, que de estas cosas nada sabía, se preguntaba: cuánto más, cuánto tiempo más he de aguantar. A veces escuchaba en su interior como una risita y eso la reconfortaba. Otras, las vacas le mugían. Muuuuuu... les contestaba, y parecía que se entendían. Muuuuuu... seguían las vacas. Muuuuuu... llegó la buena hora que sonó por debajo de la ropa. Ella enseguida entendió lo que eso quería decir. Muy despacito, Gelsomina se desabrochó botón por botón la rebeca y botón por botón también su vestido. Luego se subió la enagua. Y entonces la vio, pálida, bella, a la pequeña vaca, la hija de la Rosario, de la que tan bien se había encargado dándole calor durante semanas desde el mismo día de su nacimiento, que fue antes de tiempo y muy forzoso, cuando su madre dejó de respirar y tuvieron que sacarla de su vientre muerto y frío. Gelsomina, con lágrimas en los ojos, la tomó entre sus brazos justo cuando acababan de cumplirse los nueve meses de abrigo necesarios.

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27/10/09

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(Paul Klee)


Sí,
la poesía
estaba bajo tierra.
Y vi pasar cientos
de rebaños de ovejas
que balaban mientras
yo seguía escarbando
con mis dedos,
con mis ojos
en la sequedad.
Después de un buen rato
la tierra estaba
llena de boquetes.
Mis manos, de lombrices.
Eso fue la poesía.

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24/10/09

Debajo de la piel


(Masao Yamamoto)






(Tiempo y silencio, Cesária Évora y Pedro Guerra)

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