(Joaquín Sorolla)
Y le dijo a su Manuelito que dejara de comer sandía, que ya estaba bien, que a este paso se la iba a acabar toda y entonces qué iban a darle de postre al capataz cuando llegara, y que hiciera el favor de no limpiarse la boca con la manga como hacen los cochinos, que eso ella no se lo había enseñado, pero que tampoco dejara de limpiársela porque si no se le iba a llenar la comisura de granos y quedaban la mar de feos, ahora sobre todo que venía el capataz. Pero Manuelito no le hizo ni caso y se acabó toda la sandía. Salió de la cocina sin hacer mucho ruido y se fue hasta la plaza a reunirse con los otros de su calaña, con los que no tienen arreglo, con los demás sinvergüenzas. Manuelito era de los que, como se suele decir, no obedecían ni a la tres. Ni a la de veinte. No había quien le pusiera firme, ni tampoco qué, porque ni a bofetadas ni a escobazos escarmentaba ese chiquillo, y su madre Valentina ya no sabía cómo hacer para enderezar a ese hijo suyo que tan por el camino de la amargura le llevaba siempre. Aquel día era muy importante, el que más de hacía muchos. Por encima de los santos, los cumpleaños y los días de fiestas de guardar. El capataz, que por así decirlo era el único que a su familia le daba de comer, no a cambio de nada, por supuesto, que muchas horas echaba el marido en los arrozales y Valentina fregando los suelos de una de sus tres casas, iba a hacerles una visita. Viene a sentarse a mesa a puesta, protestaba el marido. Viene a ver cuánto de más nos hemos hecho pobres respecto al año pasado. Vendrá con sus mejores galas y nosotros estaremos así, con estos zarrios que ni siquiera tú eres capaz de remendar más veces. Valentina hacía oídos sordos. A fin de cuentas, todos los años pasaba igual. A ella, para qué iba a negarlo, le gustaba ese día porque era de los pocos que en su casa no se comía sopa de ajos, con el mal regustillo que le dejaban siempre en la boca. Otra cosa era al día siguiente, cuando se ponían a hacer números. Pero hasta que no llegaba, Valentina no reparaba en los gastos y asumía su papel de la mejor de las anfitrionas. Manuelito ni renegaba como el padre ni se moría de la ilusión como su madre. Sencillamente, le daba igual. Nadie se explicaba a quién había salido. La única motivación que tenía el chico era la de hacer gamberradas. Eso le excitaba, así se lo pasaba bien. Llevar la contraria era su fuerte. Que le decían no lo hagas, él lo hacía. Que le decían hazlo de una vez, él se cruzaba de brazos. Lo peor de todo era que a su madre le estaba destrozando los nervios, porque por cada manotazo que ella le arreaba, luego tenía unos remordimientos que dolían más que cualquier buen cachete. Manuelito, que de bien niño se aprendió los engaños de la mirada, sabía cómo poner la suya para que pareciera que no había roto un plato en su vida. La buena de Valentina se lo llegaba a creer, se le partía el alma, y no había penitencia alguna que saldara su cuenta por tener la mano tan suelta. Y así no avanzamos, Valen, así cómo se nos va a hacer un muchacho, si tú te ablandas. Este crío es peor que un mal. En algo nos equivocamos cuando lo fabricamos, le decía siempre su marido. Y con la excusa, la cogía por banda, por si colaba y se ponían allí mismo a fabricar otro.
La trastada de aquel día ya estaba hecha: les había dejado sin postre. Pero Valentina, que estaba tan atareada en poner a punto la casa, de aquí para allá, parecía que volaba de una habitación a otra, acabó por olvidarse del asunto de la sandía. Cualquier otro detalle no se le escapó: nada que faltara en el guiso, ni una taca en la mantelería, las cortinas muy corridas para que entrara mucha luz. Ya está todo, se dijo justo cuando su marido entraba por la puerta acompañado del capataz. Segundos después, entró también Manuelito.
-Muy señor nuestro, espero que tanto la comida que he preparado para usted como su estancia en esta humilde casa sean de su agrado -dijo Valentina, casi sin atreverse a mirarle a los ojos.
-Ya sabe usted de nuestro empeño en este gran día, porque es siempre un honor recibirle, señor, y tenerle entre nosotros -dijo el marido mordiéndose la lengua para no decir verdades en vez de mentiras.
-Para mí también es un honor, señor. Pronto también yo podré servirle de ayuda en los arrozales. Nada más me gustaría -dijo Manuelito, con un ojo hacia el señor y el otro puesto en los labios de su madre para leerle las palabras que tenía que decir.
-¿Y bien? -abrió por fin su gran boca el invitado-. Habrá que empezar a comer. Sería una lástima que el guiso se enfriara.
No se dijo más. La comida transcurrió en riguroso silencio. Diríase que no se escuchó ni el ruido de las cucharas chocando en los platos y sólo, de vez en cuando, el zumbido de algún moscardón que entraba y salía por una de las ventanas. Y sólo entonces, también, el capataz cambiaba su rostro impasible por una expresión de asco. Luego, todo volvía a la normalidad.
-Si me disculpa, señor, iré hasta la fresquera para sacar la sandía que he comprado para el postre.
Impasible igualmente, el señor le dio su aprobación.
-¡Manuelito, la sandía! -gritó entonces su madre desde el alacena.
El padre dio un golpetazo sobre la mesa con sus dos puños. El capataz, en cambio, siguió como si nada. Manuelito, visto lo visto, se echó a reír. Por fin, había llegado su gran momento. Una vez más, parecía que se había salido con la suya y ¡era tan grande su satisfacción! Sin embargo, este no va más del niño, Valentina no lo iba a pasar por alto, esta vez no, se dijo, ¡hasta ahí podía llegar!, y salió hecha una furia, una loca, escoba en mano.
-¡Ahora la cagas, Manuelito! ¿Me estás oyendo lo que te digo? -fue lo que le dijo dándole el primer escobazo- ¡Te he dicho que ahora cagas la sandía porque como que me llamo Valentina Martínez que tú esa sandía nos la devuelves! ¡Con lo que nos ha costado! -y le dio el segundo escobazo- Señor nuestro, discúlpele, discúlpenos... Este hijo mío... verá usted... -y, momentáneamente, pasó del enfado a la vergüenza, aunque nada le duró tal sentimiento y enseguida volvió a sus trece- ¡Levántate, Manuelito! ¡He dicho que te levantes! -y le bajó los pantalones y le dio el tercer escobazo, éste directo en la piel- ¡Y ahora te agachas, ahí, donde te puesto el plato! Y ahora, ¿me oyes?, ¡ahora ya puedes sacarte de dentro, una por una, cada pepita de las que te has tragado, que de ahí no te mueves hasta que yo no las vea, hasta que tú no las plantes!
Y aunque pasó mucho rato, al final, Manuelito consiguió, no sin sudores, lo que su madre le había pedido. Una vez finalizado el espectáculo, el capataz se levantó y, por primera vez en toda la visita, dibujó en su rostro una sonrisa socarrona. Se despidió sin palabras. Y cuando desapareció, los tres, madre, padre e hijo, por primera vez en sus vidas, se echaron juntos a llorar.
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